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Micareme

Rita de Cássia Barbosa de Araújo
Investigadora e historiadora de la Fundación Joaquim Nabuco
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La Iglesia Católica reservó algunas fechas, en su calendario, para la realización de grandes fiestas colectivas; para que los hombres – temporariamente libres del trabajo y obligaciones diarias – pudiesen alabar a los santos, exteriorizar públicamente la fe, entregarse al descanso y a las diversiones, después de haber honrado los compromisos religiosos. Las fechas de algunas festividades católicas mantuvieron aproximaciones con fechas en las que los pueblos precristianos costumbraban celebrar sus divindades. Pueblos cuyos calendarios se basaban en el año lunar o en el solar o se regulaban por el ritmo del trabajo agrícola. El inicio o el término de la cosecha eran, frecuentemente, ocasiones para fiestas, bailes, juegos y el bien comer y beber entre los miembros de la comunidad.


        
La Pascua cristiana, la fiesta de la resurrección de Cristo, inspirada en la Pascua judía, tomó como base el año lunar, poniéndose establecido que sería celebrada anualmente, siempre en el primer domingo después del plenilunio que se seguía al equinocio de la primavera(1). Otras fiestas de la Iglesia, denominadas transitorias, pasaron a ser reglamentadas teniendo por referencia el día de la Pascua: la de Pentecoste, de la Ascensión y la de la trinidad.     Asi también, el carnaval, fiesta profana para la cual el calendario litúrgico destinaba los tres últimos días que antecedían inmediatamente a la Cuaresma.
 
Fiesta de los excesos, el carnaval invitaba a la licenciosidad y a la obscenidad del espíritu y del cuerpo.Era el tiempo de la abundancia de carne, de cerdo especialmente. Pero también de buey, carneros y aves, de la abundancia del vino y del sexo, de los juegos y farsas, como bien demuestra el poema siescentista de autoría atribuida a Antônio Serrão de Castro:


Buñuelos, lonjas, sueños y mal asadas
Gallinas, cerdo, vaca y más carnero
Los pavos en poder del pastelero,
Chorrear, acostar pulhas, laranjadas
Poner harina, por colas, dar sonrisas,
Gastar para comer mucho dinero,
No tener manos a medir el posadero
Con ristras de cebollas dar golpes;
De las ventanas con`un taño dar en la gente,
La bocina a tañer, quebrar ollas,
Querer en un sólo día comer todo;
No perdonar arroz, ni cuscuz caliente,
Tirar platos y alimpiar vasijas,
Éstas las fiestas son del gordo Entrudo (2).

Introducido en América por los portugueses desde los tiempos coloniales, cuando entonces los festejos eran conocidos por el nombre de Entrudo, el Carnaval conservó la tradición del bien comer cuando emigró para éste otro lado del Atlántico. Recordando los carnavales de su infancia, vividos en el sitio del abuelo, en Afogados, Carneiro Vilella reconstituyó parte de los olores, colores y sabores que componían la gorda mesa carnavalesca de las casas y sitios de las familias abastadas, en la antigua provincia de Pernambuco, en la segunda mitad del siglo XIX. Las obligaciones de la fiesta abarcaban, entonces a todos los miembros de la familia, los amigos más íntimos y un buen número de empleados, fuese en el adorno de los dulces, manjares y copiosos platos que la dieta de la ocasión exigía. En la sala llamada de los arcos, su tía y la abuela comandaban
      
Un ejército de tortilleras y regimentaba[m] formas de folios de flandres, los alguidares de masa e yuca, las vasijas de masa de harina de trigo, los cientos de huevos, los frascos de mantequilla lavada, las calabazas de leche de coco y leche de vaca, los tarros de azúcar y los embrollos de mirística, de pimienta del reino, de canela, de hinojo, de pasas... todo, todo cuanto es necesario para los pasteles, los panes-de-ló, y principalmente para los buñuelos, en su almíbar grosero y fluente, los dulces de acajú y de pitanga, de guayaba en almíbar y de arazá, de grosella y de limón, la crema, la sencaia, la queijada y la baba de moça, el azúcar  cândi y el alfinim(3).
 
En el calor de la cocina, en medio a la borra de la cocina a leña, las negras esclavas, expertas cocineras de delantal y cacerola, daban vida a otras finas iguarías del carnaval. Un verdadero cortejo de platos desfilaba a los ojos de los comensales, listos para ser plazerosamente degustados:
 
Era el lomo asado con sus rodajas de limón espetado por palillos aderezados, era el pavo y el lomo de cerdo, el fiambre preparado en vino blanco de Lisboa; eran las grandes piezas de carne de vaca;después las fritadas de camarón, las curimãs y las carapebas pescadas en los planteles del sitio, de ese sitio fertilísimo y pacientemente amañado, de dónde venían las naranjas, las bananas, las mangabas, los mangos, los sapotis, las sandías, los melones, las uvas y moras, los araçás y las guayabas... Todo, todo para recibir a los amigos que pudiesen aparecer en los ranchos o separados.
 
La abundancia que afloraba en el carnaval se contraponía a la escasez del período de la Cuaresma: tiempo de abstinencias y ayunos, de privación de la carne, del sexo y de las diversiones, cuando, entonces, los cristianos deberían penitenciarse por las faltas cometidas a lo largo del año (4). La propia etimología de las palabras Entrudo – intróito en latín, que quiere decir introducción, referiéndose a los días que introducían el tiempo de la Cuadragésima – y carnaval carnevale en italiano, es decir, adiós a la carne – reforzaban la temática de la oposición entre uno y otro momento en el ciclo litúrgico católico. En Europa de los inicios de los tiempos modernos, las representaciones de la disputa entre el carnaval y la Cuaresma se multiplicaban en pinturas, presentaciones teatrales y canciones especiales. Aquél generalmente era personificado por un joven haragán, sensual, gordo y que toma mucha bebida – lo que explicaría la figura tradicionalmente gorda del rey Momo en los festejos carnavalescos actuales; y la doña Cuaresma, casi siempre trajando negro, era tomada por una vieja pálida, delgada y seca tal cual un pescado.
 
Llegado el Miércoles, solamente los juerguistas habían retirado las máscaras, las iglesias abrían las puertas a la espera de los fieles. Las cenizas, apuestas en cruz sobre la frente, gritaban a los cristianos a recogerse, a reconocer sus pecados y de él arrepentirse, recordando, aún, la lección de humildad de que todos vinieron del polvo y al polvo regresarán. Era el inicio de la cuarentena de Pascua.
 
Recuerda Mário Sette que, en Recife de fines del siglo XIX, finalizado el carnaval, era obligatorio el pescado o el bacalao en las mesas católicas los miércoles y viernes. Durante la Semana Santa, el rigor alimentar aumentaba: era pescado o crustáceo de lunes a sábado. Solamente el domingo de la resurrección la carne de buey venía de nuevo en escena (5).
 
Sin embargo, exactamente en la mitad del período de la Cuaresma, el miércoles por la noche de la tercera semana, había una quiebra en el cuadro de arrepentimiento, tristeza y ayuno. En Francia, se realizaba una gran fiesta popular, a Mi-Caréme, con préstitos y coches alegóricos, uno de los cuales exhibía la reina de Paris o de Nice, electa entre las chicas de la clase obrera del lugar. En Portugal, fueron instituidas las ceremonias populares de la Serración de la Vieja, ritual que consistía en aserrar la figura de una vieja, hecha ordinariamente de paño y rellenada de paja, que personificaba la Cuaresma. Otras veces, sin embargo, se aserraba la vieja defronte de la casa en la que residiese algún anciano, generalmente antipatizado en la comunidad, anticipando así, simbólicamente, su muerte.

El ritual de Aserrar la Vieja tenía algo de semejante al charivari, manifestación extremadamente popular en Europa preindustrial, especie de juicio público, de difamación de aquél que hubiese desagradado o contravenido los preceptos y valores morales de la comunidad.
 
Durante la Semana Santa, tiempo de tristeza, meditación y de rezas, las prohibiciones se generalizaban, alcanzando los aspectos más íntimos de la vida doméstica y el ritmo cotidiano de las calles. En esos días de tiniebla llamados, los católicos más extremados no permitían a los pequeños reírse, cantar o bromear(6). Las campanas no tocaban, los trenes no piteaban, las calles se llenaban de gente trajando negro. Se andaba despacio, se hablaba bajo, se ahorraba la risa. Pianos cerrados con llave para niño juguetón no arrancar de repente anotaciones profanadoras. No se barría la casa, no se sacaba polvo de los muebles, había hasta quien no se bañase... (7)
 
El olor de maresia invadía la ciudad. Maresia que venía de los peces, camarones, mariscos y cangrejos, pescados en los planteles de los sitios o vendidos en los mercados y en las calles. La pesca del marisco, realizada todos los años en la noche del Jueves Santo, en la calle de la Armadía y proximidades y en la “croa” de Ahogados, atraía a mucha gente a la playa. Las dueñas de casa se esforzaban para hacer con que el fresco y gordo pescado alcanzase su más alto sabor. Bien se ve, por la abundancia y variedad de peces a la mesa, que se quería encontrar un medio de compensar el rigor alimentar de la Cuaresma. Una vez más, el testimonio de Mário Sette es más oportuno y trae un imagen de como la ciudad se movimentaba en función de esos rituales y dogmas religiosos, en torno de los cuales se desarrollaba toda una forma de vida social, económica y cultural:
Aparecían de regalo las curimans gordas y los camorins brillosos, recuerdo de un cliente agradecido, de un compadre amigo, de un candidato a empleo, de un corazón cualquiera interesado o grato. Se compraban las caballas, las carapebas, los cangrejos [sic], las ciobas, los aratus. Todo servía. Los verduleros traían okras, bredos, maxixes, gerimuns [sic]. También se disputaban los mariscos atrapados en las “croas” de la playa de Santa Rita, por las “mariantes”. De las ventas venían los camarones secos, los mulletes de la laguna, los tarros de dulces en almíbar, las botellas de higuera y moscatel (8).
 
Todo un repertorio gastronómico, basado de peces y crustáceos, fue siendo creado para atender a los ditames de la Iglesia. En el variado cardapio, estaban presentes el caruru, las fritadas, la salsa de coco, la papilla pitinga, el vatapá, el bobó, el escabeche, los pasteles de arroz y el bacalao con verdura.
 
El Sábado de Aleluya, la tristeza cuaresmal de aquellos días era finalmente interrumpida. Así que tocaban las campanas, evocando la resurrección de Cristo, la población salía a las calles, se oían nuevamente gritos, alaridos, risas. Se iniciaba, entonces, la popular manifestación del ahorcamiento del Judas. Tradición ibérica, igual a la Serración de la Vieja, la quema de Judas se mantenía en la línea de los rituales populares que pretendían ser una especie de juicio público de los actos y hechos pasados en la comunidad. Así, de la representación de la figura bíblica del Judas, popularmente asociada a la del traidor, fácilmente se pasaba a la de otros personajes indeseables a quien se quería criticar o difamar. El viajante francés Debret presenció, en las plazas de Rio de Janeiro, en el año de 1831, al simulacro del ahorcamiento de varias personalidades importantes del gobierno, entre ellas la del ministro intendente general y [la del] comandante de las fuerzas militares de la policía (9).
 
La costumbre de quemar el Judas persistió en las ciudades brasileñas, a lo largo del período imperial y mismo del republicano. Sin embargo, desde la Primera República, a la medida que la sociedad brasileña se quedaba más laica, las grandes ciudades se modernizaban y buscaban hacer igual a los países industrializados europeos, otras costumbres fueron siendo adoptadas para conmemorar el Sábado de Aleluya.

En la ciudad de Recife, en finales del siglo XIX e inicios del XX, los Judas continuaban a ser golpeados en las calles, a pesar de la prohibición de la política, pero ya los clubes y sociedades recreativas aprovechaban la ocasión para promover diversiones consideradas como más civilizadas. El Club Dramático Familiar, el Casino Comercial, el Ateneo Musical organizaban saraos bailables y mismo bailes a la fantasía, como lo hizo la Sociedad Recreativa Juventud en abril de 1900. Las sociedades carnavalescas de alegoría y crítica, que reunían miembros de las camadas medias y de la elite, resurgían de las cenizas. Los Filomomos anunciaban las diversiones listas para el final de la tarde: torneo de bolas, pose de la nueva directoría, sarao con disfraces y sin ellas, himnos, flores, músicas, y todo capaz de honrar a S. Judas y festejar la nueva falange... (10)
 
El club carnavalesco Cara Dura, que había estrenado en el carnaval de Recife en 1901, innovándolo, trajo también nuevos elementos a las tradicionales formas de conmemorar el Sábado de Aleluya. En ese mismo año, realizó un marche au flambeaux en homenaje a S. M. Rey D. Carnaval. El ritual de embarque de don Carnaval, en escaler que salía de uno de los muelles del río Capibaribe – parodia de las entradas graves en las ciudades, de los reyes e importantes autoridades de las sociedades del Antiguo Régimen -, y que pasó a ser realizado todos los años por los socios del club, introducía los cortejos de calle en las fiestas de Aleluya. Préstitos, banda de clarín y de música, danzas, coches alegóricos, disfraces, quema de fuegos, todo bien al gusto carnavalesco, marcaba la reedición del reinado de Momo en la ciudad.
 
Indicio de que ese segundo carnaval del año estaba afirmándose en el calendario festivo de la ciudad, está en el hecho de serle atribuido una denominación propia: Micareme, que sucedió entre los años de 1909 y 1910 (11). Los festejos de la Micareme poseían, sin embargo, una cierta inspiración elitista, una vez que los diarios se referían a ellos como a una celebración propia de las grandes ciudades civilizadas: Paris, Nice o mismo Rio de Janeiro.
Recife se civiliza [...]. Gracias a la iniciativa del conceptuado club Nueve y Media del Arraial [...], tendremos Sábado de Aleluya, una deliciosa Micareme, ad instar de los parisienses o cariocas, en el año corriente.
Los clubes hidalgos como los Filomomos, Caballeros de la Época, Fantoches, Cara Dura, Fenianos y otros, adherieron a la luminosa idea y desde ya disponen sus coches alegóricos y de crítica, trabajando todos unidos y fuertes, al lado de artistas de renombre y de smarts dernier crí (12).
 
La organización del préstito, único, cabía a una de las ricas sociedades carnavalescas, compuestas por individuos de la elite y de la clase media urbanas, sujetos letrados y aburguesados. Algunos cronistas explicitaban el deseo de que la Micareme viniese a exceder en brillo los festejos del carnaval oficial. Es interesante percibir la dinámica social, cultural y política que envolvía los dos carnavales en ésos primeros años del siglo XX.  Mientras el primero se firmaba más y más como una fiesta fuertemente popular, en que los clubes peatones, formados por individuos de las camadas trabajadoras urbanas, predominaban en los festejos de calle, llevando, en contrapartida, los miembros de la elite a recogerse al interior de los salones de los clubes o a recorrer las vías públicas en autos; el segundo carnaval nacía con la intención de ser una fiesta exclusiva de la elite (13). Sonaba como un intento de recobrar un espacio público de la ciudad que había sido por ella perdido.
 
El deseo más o menos explícito de los miembros de las camadas dominantes, o de los que con ella se identificaban, de convertir a Micareme en una fiesta que les representase públicamente mientras categoría social específica, distinguíendolos de los demás sectores sociales, no se cumplió. Una vez más, así como aconteció en los días del carnaval propiamente dicho, las camadas populares, organizadas en los clubes carnavalescos peatones, adherieron a las huelgas carnavalescas extraordinarias. En 1908, los populares Leñadores y Abanadores acompañaron el préstito organizado por los Caballeros de Satanás. Dos años después, los Plumeros Tigipioenses promovieron un Zé Pereira en el arrabalde, a lo cual comparecieron Argolões do Peres, Cartolinhas y Vasculhadores. A partir de 1911, la participación de los clubes populares era intensa y tendía a expandirse: los clubes de los Caiadores, de las Palas, Vasculhadores, Vendedoras callejeras, Carboneros, Adeptos del puro, el Bacalao de Santo Amaro, Penacho de Plata, Hijos de la Candinha, el Perro del Hombre del Menudo, entre otros, llevaban batallones de fiesteros a las calles para jugar el carnaval de abril.
 
La Micareme, tal como fue implantada en Recife y las modificaciones por qué pasó en el corto espacio de diez años, en aquel momento, era expresión simbólica de la confrontación entre pueblo y elite. La disputa por la primacía de las fiestas de calle, por la ocupación de los espacios públicos urbanos, hablaba de un cierto acuerdo de las fuerzas políticas que se pasaba  en el interior de la sociedad recifense, con la presencia de la industrialización, con la reforma del puerto, con la caída de la oligarquía rosista y la ascensión de Dantas Barreto al gobierno del Estado.
 
Ésas, sin embargo, son ponderaciones de quien no participó de la fiesta. Para aquellos que allí estaban, destruyendo el Judas, aserrando la vieja, banqueteándose o divirtiéndose en los bailes, recorriendo la ciudad en animados préstitos carnavalescos, lo que era más importante era jugar más un carnaval y cantar por las calles:

¡Aleluya! ¡Aleluya!
Carne en el plato
Harina en la vasija.



Recife, 18 de febrero de 2008.

 

NOTAS E FUENTES CONSULTADAS: 

 

             

BRAGA, Teófilo. O povo português nos seus costumes, crenças e tradições. Lisboa: Publicações Dom Quixote, 1985. v. 2, p. 118.

             

QUITÉRIO, José. Livro do bem comer: crônicas de gastronomia portuguesa. Lisboa: Assírio & Alvim, 1987. p. 132.

              

VILELLA, Carneiro. Recordações pessoais. A Província, Recife, 16 fev. 1901.

             

O dogma da Igreja, que prescrevia a abstinência de carne na Quaresma, a começar na Quarta-feira de Cinzas, era tão arraigado que a sua não observação era considerada heresia. Como tal, capaz de levar um sujeito aos tribunais da Inquisição. Ver, por exemplo, o caso do cristão-novo, radicado na capitania de Pernambuco, Diogo Fernandes, denunciado ao Santo Ofício, em 1595, por haver dado de comer carne de porco, à sua gente, em plena Quarta-feira de Cinzas. PRIMEIRA visitação do Santo Ofício às partes do Brasil: denunciações e confissões de Pernambuco 1593-1595. Recife: Fundarpe, 1984.  p.46.

             

SETTE, Mário. Maxambombas e maracatus. 4. ed. Recife: Prefeitura. Fundação de Cultura Cidade do Recife, 1981.  p. 44.

              

LOUREIRO, Chloé Souto. Doces lembranças. São Paulo: Marco Zero, 1988. p. 49.

              

SETTE, Mário. Op.cit., p.44.

             Id. Ibid., p. 44.

              DEBRET, Jean. Viagem pitoresca e histórica ao Brasil. 3. ed. São Paulo: Martins, 1954. t. 2, v. 3, p. 197.

          

OS PHILOMOMOS. Jornal Pequeno, Recife, n. 75, abr. 1901. p. 2.

             O termo não conservou seu significado original, no francês, que designava as festas realizadas no meio da Quaresma. Micareme, no Brasil, passou a ser utilizado para referir-se aos festejos de Aleluia. Mais tarde, teve seu sentido ampliado, designando os festejos carnavalescos que se realizavam “fora de época”, em dias que não aqueles três liturgicamente consagrados ao carnaval.

            

GALVÃO, Olympio. Mi-caréme. Jornal Pequeno, Recife, 19 mar. 1910. p. 2.

         A dinâmica social, cultural e política do carnaval do Recife foi abordada no livro ARAÚJO, Rita de Cássia Barbosa de. Festas: máscaras do tempo: entrudo, mascarada e frevo no carnaval do Recife. Recife: Prefeitura, Fundação de Cultura Cidade do Recife, 1996.

 

 

 

COMO CITAR ESTE TEXTO:

 

 

Fonte: ARAÚJO, Rita de Cássia Barbosa de. Micareme. Pesquisa Escolar Oline, Fundação Joaquim Nabuco, Recife. Disponible en:<http://basilio.fundaj.gov.br/pesquisaescolar_es/index.php_en>. Acceso en: día mes año. Ej.: 6 ago. 2009.


* Originalmente publicado na série Folclore, n. 269, do Centro de Estudos Folclóricos, do Instituto de Pesquisas Sociais, da Fundação Joaquim Nabuco, em 2000.

 

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